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El tan llevado y traído problema de "la identidad" cultural aún dista mucho de ser formulado de manera adecuada, y, lo que es más, de ser desarrollado felizmente en la práctica. Buena parte de las propuestas en tal sentido obvian incluso de modo inconsciente la necesidad de actuar de acuerdo a los impulsos de la contemporaneidad. En el fondo, ser, es ya suficiente responsabilidad, toda vez que, sin objeción posible, somos producto de lo que nos ha precedido; de la vitalidad y en definitiva de la constancia de este aspecto, depende nuestro accionar. No se trata, ni remotamente por supuesto, de una cuestión de mimesis de citas.

Un ejemplo a tener presente es el de la pintora Bettina Pasik, quien trabaja, crea, a tenor de la tradición evolutiva plástica que le ha tocado en su tiempo. Heredera de Lati­noamérica vanguardista, al mismo tiempo se apoya en algunas constantes culturales tanto de la América Precolombina como del quehacer Occidental Contemporáneo. Su más decantado valor reside en fundirlos de modo coherente y proyectarlos en función expresiva de sus propios intereses personales, que son también éticos, comunicacionales, filosóficos, sociales, y en definitiva estéticos. Los elementos netamente gráficos, pictóricos y conceptuales de sus obras apuntan todos hacia este crisol. El resultado entonces sorprende y conmueve nuestra concepción de lo humano, por lo desenfadado, agresivo en oportunidades, y siempre ajeno a la cursilidad, ramplona y "romántica" de los "fieles herederos". Nuestra tradición, en verdad, es de ruptura, de cambio, de revolución -de origen, alienación y amor- y esto es un índice harto frecuente en los heterodoxos trabajos de Bettina Pasik. Antonio Morales DArmas Julio 1992, La Habana Historiador del Arte y Especialista del Centro Provincial de Desarrollo de las Artes Visuales de Cienfuegos, Cuba

ORIGEN, ALIENACIÓN, AMOR: INTRODUCCIÓN A LA OBRA PICTÓRICA DE BETTINA PASIK Con motivo del V Centenario del Encuentro de Dos Mundos, los países concernidos, han creído importante y oportuno destacar públicamente su acuerdo para que se celebren, aquí y allá, ceremonias conmemorativas y, aún mejor, que se hagan votos, que se realicen acciones comunes, en fin, que se anuden nuevas alianzas en forma de verdaderas mani­festaciones fundadoras de un humanismo pacífico y fraterno. Manifestación: en el cruce del Arte, de la Religión y de la Filosofía, estas tres representaciones del Espíritu Absoluto Hegeliano. La mano y el espíritu: la mano se hace espiritual, el espíritu se encarna y se manipula. La esencia de toda manifestación reside, como lo dice enfáticamente la palabra, en celebrar la fiesta de la mano. Mano levantada que responde presente a la llamada del pensamiento: was heisst denken? Mano levantada que pide la palabra o la toma con autoridad. Mano que vota o que arresta (detestables esposas), mano extendida o con el puño cerrado, mano que escribe, dibuja, pinta o comprende, mano que golpea o acaricia. El Sr. Focillon, especialista en Historia del Arte, respondió un día a esta apelación haciendo el elogio de la mano. De ahí la importancia de las Artes Plásticas, obra de la mano. E igualmente su originalidad, porque la mano que pinta deja de ser la que esculpe o escribe. Para transformarse en la obra pictórica. Y aquí comienza la dificultad y allá se termina el milagro: obra admirable, rara e imprevisible. "Es divertido, la gente piensa que hacer la cama es siempre hacer la cama; que dar la mano es siempre dar la mano; que abrir una lata de sardinas es abrir indefinidamente la misma lata de sardinas. Todo es excepcional, por el contrario", piensa Pedro (Julio Cortázar en Las armas secretas, al principio). Como obra de la mano, la pintura moderna significa, simboliza ,salvo si se pinta con los pies. Es esta violencia fundadora, ese deseo desenfrenado, lo que la pintura de Bettina Pasik expresa y reivindica sin llegar a fijar el objeto de su ardor ni a pensar en el gesto creador. Su éxito, artístico, personal o social, se obtiene a ese precio. Es el interés auténtico de una obra que no está comprometida con la exaltación de esa búsqueda, esencialmente destinada al fracaso, en la medida en que la obra no permanezca fiel a sí misma, a la inspiración que le da vida, a la vocación que la habita, a la inquietud que emana de su práctica. Así, presentar a la artista o su obra, parece no plantear problemas insolubles ¿hay alguno?, con la condición de que se respeten las reglas del juego. En efecto, la presentación, ella misma, no tiene por qué presentarse "Ananke sthénai", decía Aristóteles, ni ser (re)puesta en tela de juicio, y el presentador debe y puede siempre apartarse de su sujeto, su objetivo, su proyecto. Todo parece funcionar por sí mismo si admitimos que de un lenguaje común, erudito, crítico o filosófico a otro, hay siempre un tránsito, isomorfismo total. Pero entonces, por qué no simplemente callarse y borrarse ante la invitada: "Por favor, entre en este espacio imaginario que es un catálogo, una exposición, un libro de Arte o un Museo, y dejen que esas obras y esos lugares hagan su propia presentación." ¿Será necesario acaso adquirir un tercer ojo para la visibilidad o la legibilidad del espacio pictórico? ¿De qué sirve establecer como postulado la paciencia del trabajo conceptual o de la búsqueda hermenéutica del sentido? Quizás, precisamente, una de las funciones de esta nota introductoria sea limitarse a decir modestamente: Bettina Pasik no es otra cosa, para nosotros, público virtual de su exposición, que ese pintor que presenta sus pinturas aquí y allá. No hay, por otra parte, otros momentos, otros atributos esenciales o secundarios. Ninguna identidad personal, fragmentada o fracturada por un pecado original que separa al ser de él mismo, y lo divide entre el decir y el hacer. Pero lo más difícil no es hacer sino tomar, comprender ,gesto estoico de la mano inteligente que se apodera de una realidad y se reconstruye sobre ella misma, lo que hacemos, por qué lo hacemos, quién lo hace. En fin, comprender el "hacer": he aquí el destino del Arte y es por eso que el Arte es un anti-destino, puesto que nada está dado, nada ha sido escrito en ningún cielo empírico, inteligible o trascendente. Ningún absoluto, ninguna eternidad, ningún mundo lleno de sentido, de valor, de utilidad y de ser inmutable. Solamente algo, aquí y allá, frágil y efímero pasa a la obra, abre y cierra un espacio de varias dimensiones en busca de otras más, en que juegan los colores, las sombras y la luz, los sujetos objetivados y la génesis de una obra inacabada con el mal en sus inicios, de fecundidad o de totalidad dichosa.

Bettina Pasik prosigue su búsqueda del sentido y de los valores, y de su tratamiento material, centrando su trabajo en tres temas: el origen, la alienación, el amor; quizá ligados a tres épocas de la historia del Arte y de la Humanidad: pre-colonial, colonial y post o trans-colonial. El tema del origen es tratado como una unión y no como una época: un paisaje de la memoria, una tierra de la que algo se escapa (landscape = land-escape). Esta memoria, de la que no se debe decir que es individual o colectiva, sensible o inteligible, retención del tiempo o del olvido, se transforma en paisaje que se ofrece como espectáculo y al mismo tiempo se niega como tal en la incitación y la invitación que crea la obra al deshacer ese paisaje y a verlo de múltiples formas y de manera activa. Al espectador incumbe el papel de dejar de serlo cuando se le incita, con un gesto, a entrar en escena frente al cuadro, y poner fin de esta forma al mundo de la representación en sus esquemas igualmente engañosos: la identificación o el distanciamiento. Así, en esta obra, donde las fronteras entre el inconsciente personal o colectivo, onírico o mitológico, se borran y no permiten distinguir lo real de lo imaginario gracias a la visibilidad pictórica, el hombre azul macizo, con la cabeza encapuchada, anónima, sin otro rostro que esos ojos inexpresivos pero fijos y abiertos al mundo onírico exteriorizado, ve y hace ver la Dyade Africana e India, Pieles Rojas o Pigmeos o Pigmento Rojo. Esclavos reales, dioses sentados, las manos colocadas sobre las rodillas inclinadas hacia la interioridad y apresadas en una luz dorada, los brazos desmesurados y las piernas de madera reducidas a su función articuladora y mecánica, reposando sobre pies planos. Contraste de colores fundamentales para este origen fundador. Esta otra obra, símbolo de la multiplicación alucinante, diversifica el espacio universo en expansión sin un centro, un comienzo o un fin, jerarquía, línea de escape o perspectiva. Es difícil narrar y rencontrar el sentido común a través de la palabra: dos personajes detrás de otros cuatro, todos en rojo, detrás un muro... delante, un personaje azul, de pie también; al lado y arriba, un caballo blanco, etc. Decididamente, "le bosn sens a toujours tort en droit". (G. Bachelard.)

Las dimensiones de la vida cotidiana, Aristotélica o Kantiana, pretenden ser las más conocidas: arriba/abajo; delante/detrás; a la derecha/a la izquierda. Consejo que da este modesto cuadro: deshacer la geometría euclidiana y el mundo de la representación. Y esto también gracias al juego libre de colores: la blancura asocia la mano única y el caballo; el rojo, los personajes de pie y la tierra labrada ¿mundo del pensamiento estancado y laborioso?; el azul del cielo y del personaje en marcha descendente y al bies; el verde claroscuro separa el bosque de las praderas; el tono amarillo evoca la carne y la inversión del movimiento de las piernas separadas. Miradas, en sentido divergente, se cruzan y no miran ni al espectador ni al ausente lugar vacío, dador de sentido. ¿Miran todavía? Nuestro pequeño hombre delante de la escena, personaje singular, en posición simétrica inversa con relación al caballo, se transforma en híbrido: mitad material, mitad intelectual con espejuelos; desvestido y vestido; en marcha y estacionado; medio busto, medio cuerpo; al derecho y al revés. Esta otra obra, finalmente, nos invita al amor primitivo, arcaico, mítico, onírico, salvaje y bárbaro. El caballo dócil, del alterego platónico, era blanco, distinto al cochero ascético. El otro era negro, pero fogoso. Nuestro caballo rojo llameante, injertado en un cuerpo amarillo arrodillado, se lanza como un semental de evidente virilidad, aunque prestada, listo para montar a la vista del elemento femenino por definición: dormida como Ruth junto a Soth, lasciva y pasiva. Tres dimensiones y un solo ímpetu de este centauro inverso, como evocando a un nuevo Hércules. Estos tres cuadros, tomados como ejemplo del arte pictórico de Bettina Pasik y tratados de forma temática, nos muestran lo esencial de nuestra acción de testigos y de participantes, en la encrucijada actual de la contemporaneidad. Testigos y parte activa del encuentro de culturas, obra de cada uno, los cuadros del híbrido franco-argentino que es Bettina Pasik expresan y crean este deseo violento de transgresión del origen, esta fractura original que nos separa de nosotros mismos y suelda nuestra obra y hace de nuestro destino una alienación necesaria para una felicidad vivida o soñada en la reconciliación consigo mismo y con el otro, en un amor que se mantiene imposible si no es transformado en obra de arte. ¿La salvación a través del arte, a través de la pintura? Por qué no, si el narcisismo secundario engendra a Pigmalión, y la estatua pictórica, arquitectura de nuestro deseo, unifica las artes, transforma la obra en feminidad, el pene en pincel, el falo en cuadro.

Jean-Louis Pandelon Consejero Cultural, Científico y de Cooperación de la Embajada de Francia en Cuba.

Antonio Morales D'armas 
Julio 1992, La Habana
Historiador del Arte y Especialista
del Centro Provincial de Desarrollo 
de las Artes Visuales de Cienfuegos